¿Por qué resulta difícil cambiar de hábitos?
Los hábitos nunca llegan a desaparecer. Una vez que la huella de un hábito se ha grabado en tu cerebro es casi imposible borrarla del todo aun cuando no lo hayas utilizado durante mucho tiempo. Puedes prescindir de un hábito, pero probablemente no lograrás olvidarlo. Continúa acechándote en espera del desencadenante que los activa previendo una recompensa Por eso te resulta complicado crear nuevos hábitos saludables que sustituyan a los antiguos.
No caigas en el desánimo, que es posible hacerlo. Al principio te cuesta sustituir la antigua rutina de sentarte en el sofá con una cerveza y una bolsa de patatas por la nueva de calzarte las zapatillas de deporte y salir al parque a correr, pero puedes conseguirlo si con paciencia y perseverancia instauras nuevas redes neurológicas que se impongan a las antiguas automatizando así los nuevos comportamientos. En el siguiente post trataremos algunas pautas para lograrlo.
Vamos a examinar el porqué de esta dificultad considerando diferentes perspectivas.
Comenzamos con el enfoque que propone Jonathan Haidt, psicólogo de la Universidad de Virginia, en su libro The Happiness Hypothesis. Utilizó una analogía para explicar la tensión entre las partes emocional y racional de tu cerebro: asocia al lado emocional la figura de un elefante y al racional la del jinete. Sentado encima del elefante, el jinete sujeta las riendas y parece que es quien tiene el control y lidera la situación, pero ese aparente dominio es muy frágil y precario. Es muy pequeño en relación al elefante. Cuando el elefante, con unas cuantas toneladas de peso, decide seguir una dirección diferente a la que le muestra el jinete, este último tiene todas las de perder a no ser que establezca estrategias que tengan en cuenta a ambos. Para cambiar un hábito, debes apelar tanto a tu corazón como a tu mente. El jinete aporta planificación y dirección y el elefante contribuye con la energía.

En ocasiones, avanzar en una situación que requiere un cambio por tu parte te resulta complicado porque la gratificación que vas a obtener la encontrarás en el largo plazo, no es algo inmediato. El elefante, que es perezoso y caprichoso prefiere una recompensa inmediata y se resiste al jinete, que no es capaz de mantenerle por el camino deseado; lo que en principio parece ser pereza, realmente es agotamiento. El Jinete termina exhausto si se prolonga el tiempo que trata de conducir y encauzar al elefante dentro de los límites de la senda. ¿Cómo puedes obtener su colaboración? Consigue la motivación adecuada, proporcionándole algo que «toque» sus emociones, tus valores. No lograrás que avance en la dirección deseada con argumentos racionales, recuerda que el elefante constituye tu lado instintivo y emocional.
El jinete no deja de darle vueltas a las cosas, tiende a pensar sin parar y analizar sin límites toda la información que recibe. Es muy bueno planificando a largo plazo, aunque a veces llega a la parálisis por el análisis. Si no está del todo seguro de hacia dónde avanzar, tiende a guiar al elefante en círculos. Por eso, muchas veces nuestro diagnóstico ante el fallo en un proceso de cambio es incorrecto: lo que creemos que es resistencia, en realidad es falta de claridad. Ayuda al jinete proporcionándole una dirección precisa perfectamente delimitada, unos objetivos claros. Que sea evidente para él dónde está el propósito para que pueda conducir al elefante sin titubear.
También puede suceder que lo que parece un problema tuyo es, en realidad, un problema de la situación, del entorno. Si eres capaz de impulsar cambios en el «camino», estos influirán de manera positiva en tu intento de instaurar un nuevo hábito.
Joe Dispenza, escritor e investigador especializado en neurociencia, bioquímica y biología celular, en su libro Deja de ser tú, argumenta cómo se originan las alteraciones en tus redes neuronales, y los cambios químicos que tienen lugar para reforzar tus hábitos. Al experimentar una situación, tu cerebro examina cómo reaccionó en el pasado ante una similar y pone en marcha las mismas respuestas con las que respondió, y lo hace de una manera más intensa si entra en escena un componente emocional. Si esta situación se repite en el tiempo, se activan las mismas secuencias consolidando las redes neuronales de los circuitos que participan en el proceso. Además, también se repiten las mismas sustancias químicas que se liberan en el cuerpo. La huella creada por la activación repetida de las mismas neuronas y la secreción de las mismas sustancias, produce que la mente y el cuerpo reproduzcan una limitada cantidad de programas automáticos de manera inconsciente; lo que llamamos hábito.
Esta repetición inconsciente habitúa al cuerpo a recordar un estado emocional igual o mejor de lo que lo recuerda la mente consciente. De esta manera, el cuerpo se convierte en la mente inconsciente; la mente consciente ya no está al mando, sigue creyendo que es quien dirige, pero es el cuerpo el que influye en las decisiones de acuerdo con las emociones memorizadas. Por si fuera poco, recuerda que tan solo el cinco por ciento de la mente es consciente, el noventa y cinco por ciento restante está dirigido por programas automáticos generados por tu mente inconsciente.
Cuando intentas recuperar el control, el cuerpo le indica al cerebro que te aleje de tu propósito. Imagina que el cambio que quieres poner en marcha es dejar de «sentirte culpable constantemente por todo». Como acabamos de ver, cada vez que generas un pensamiento de culpabilidad le indicas al cuerpo que produzca las sustancias químicas de las que se compone ese sentimiento. Como no dejas de sentirte culpable, continuamente se producen esas sustancias y para el cuerpo es normal convivir con ellas. Poco a poco, lo que es normal se convierte en agradable y para mantener el mismo umbral de estímulo el cuerpo necesitará más cantidad de esas sustancias. Para conseguirlo deberás sentirte culpable de una manera más intensa, tu cuerpo necesita una dosis emocional más alta de sentirse mal. Te has vuelto adicto al sentimiento de culpa. Tu cuerpo se ha convertido en la mente de la culpabilidad. Cuando dices «voy a cambiar» y actúas en consecuencia, ya no estás generando esos pensamientos de culpabilidad y por lo tanto ya no se producen esas sustancias químicas que provocan ese sentimiento. Pero el cuerpo, que se ha convertido en yonqui de esas sustancias, empieza a demandarlas haciéndote sentir un síndrome de abstinencia. El hipotálamo envía una alarma y le dice al cerebro que vuelva a pensar como lo había hecho hasta ahora para regresar al estado químico memorizado y para fortalecer el mensaje hace que tu mente empiece a boicotearte con mensajes que te hagan recaer: «no lo vas a conseguir», «eres un desastre», «ya lo has intentado otras veces y no funcionó». Si haces caso a esa voz interior, se reactiva el programa automático y vuelves a ser el mismo de siempre. Si te ha convencido la hipótesis de Joe Dispenza, puedes ampliar esta información leyendo no solo Deja de ser tú, sino otros de sus libros como El placebo eres tú, Sobrenatural y Desarrolla tu cerebro; en todos ellos plantea puntos de vista muy interesantes sobre el poder de la mente en el cambio y el crecimiento personal.
Una manera muy común que utiliza la mente inconsciente para defenderse del cambio, puesto que se siente muy cómoda con lo que ya conoce, consiste en generar miedos e incertidumbre para que no salgamos de la ya famosa zona de confort. Algunos de los miedos más comunes que he observado en clientes cuando les surge alguna oportunidad de cambio suelen ser expresados diciendo: no sé si seré capaz de hacerlo, no sé qué pasará, no sé cómo actuar, mi pareja no lo va aceptar, mis amigos van a dejar de serlo, me preocupa que si lo hago las consecuencias serán para siempre, no tengo las habilidades necesarias. Estos miedos habitualmente vienenacompañados de estados emocionales negativos, como ansiedad y estrés anticipatorio que inducen a la desmotivación y nos paralizan, de manera que rechazamos esa oferta de cambio. Nuestro inconsciente ha logrado su objetivo, pero a pesar de sentirnos seguros permanecemos estancados.
Hasta cierto punto, siempre que no llegues a bloquearte y paralizarte, entra dentro de lo normal este estado emocional de inseguridad, miedo y confusión ante un cambio, pues un cambio significa cerrar la puerta a situaciones y cosas que formaban parte de tus rutinas, que eran conocidas para ti, y adentrarte en el mundo de lo desconocido. Si te quedas atrapado en este estado por temor a correr riesgos, y te vence la resistencia al cambio, dejaras pasar grandes oportunidades para mejorar tu vida.
Otro motivo por el que te cuesta implantar un hábito y consolidarlo es que al principio del proceso parece que no se está produciendo ningún cambio. Das por hecho que el progreso es lineal, ascendente y esperas que el éxito llegue en un corto periodo de tiempo. Pero la realidad, que es muy tozuda, te muestra que los resultados de tu trabajo suelen tomar tiempo y retrasarse. ¿Qué ocurre entonces? Que pierdes la ilusión, que a menudo surge la frustración después de haber dedicado semanas, e incluso meses, de trabajo duro sin apreciar ningún resultado aparente. No desesperes, tu trabajo no se ha desperdiciado, tan solo se ha acumulado. Lo que ocurre es que para que se genere un cambio tangible debes alcanzar un punto crítico, un umbral a partir del cual se desencadena un nivel superior de desempeño. Si continúas cultivando ese hábito con acciones superando ese umbral, éste logra modificar la estructura neuronal de tu cerebro y se pone en marcha de manera automática cuando se dispara el detonante que lo activa.
Cuando durante años, incluso décadas si ya tienes una cierta edad, te has repetido mental y emocionalmente una y otra vez una misma historia, terminas por aferrarte a ella, la aceptas como algo irrefutable y forma ya parte de tu identidad. De hecho, tu identidad surge a partir de tus hábitos. La reiteración continua y prolongada en el tiempo de una acción refuerza la identidad asociada con dicha conducta. Literalmente, eres la repetición del existir. Experiencias aisladas apenas tienen algún impacto en ti, se desvanecen al momento, mientras que los efectos de tus hábitos se refuerzan con el paso del tiempo y mediante una evolución gradual van modelando tu identidad y te convierten en lo que eres.
Entonces, para mantener tu coherencia interior, evitas cualquier cambio que atente contra esa imagen interior que tienes de ti mismo, contra tus creencias y valores que la sustentan. Te justificas de cualquier manera posible, a veces con argumentos imposibles que no hay por dónde cogerlos, con tal de no emprender acciones que conduzcan a nuevos hábitos y evitar así caer en contradicciones con la imagen que tienes de ti mismo. El conflicto con tu identidad es una de las barreras más difíciles de superar a la hora de emprender cambios positivos. Tu progreso para conseguir alcanzar la mejor versión de ti mismo requiere un continuo aprendizaje, lo que a menudo supone desaprenderse de lo aprendido. Esto lo logras revisando y actualizando constantemente tus creencias y tu identidad.