Integra a tu niño y adolescente
Vamos a ver un ejercicio de introspección que te ayudará a comunicarte con tu niño y tu adolescente para reconocer, valorar, aceptar e integrar esas partes tan importantes de ti, y así sanar esas heridas emocionales que hayan podido surgir por haberles rechazado de alguna manera en tu Ser y en tu vida.
Siéntate, o túmbate, adopta una postura cómoda. Cierra los ojos, relaja cada parte de tu cuerpo, haz algunas respiraciones profundas y lentas. Visualiza algún entorno que te transmita calma, tranquilidad: un parque tranquilo en un día soleado con una agradable temperatura y árboles en los que recostarte, la orilla de un río con un prado de hierba en el que te tumbas plácidamente, una playa con el relajante sonido de las olas que van y vienen acunándote, una montaña con maravillosas vistas y un silencio que invita al recogimiento. ¿Ya tienes el tuyo? Pues ve a él. ¿Qué ves a tu alrededor? ¿Cómo es la luz, brillante o tenue? ¿Qué oyes? ¿Qué sonidos identificas, quizá el viento, el sonido de algún animal? ¿Cómo es la temperatura? ¿Sientes la brisa en tu piel, el calor del sol? Respira lentamente unas cuantas veces mientras te sumerges vívidamente en la experiencia. Ponte cómodo e invita a tu niño a sentarse contigo. ¿Cuántos años tiene el niño, cuatro, cinco, siete, diez? Comienza tratando con el niño con el que te resuena que tienes más conflictos que solucionar. Recuerda cómo era físicamente, cuál era su visión del mundo, cómo se sentía con su familia, en el colegio, con sus amigos, sus emociones cuando se sentía solo, qué hacía cuando estaba alegre y feliz, qué estrategias adoptaba para sobrevivir, para sentirse aceptado y querido, para conseguir lo que quería. Quizá sigas utilizándolas tú hoy en día sin que ya sean necesarias o efectivas. Recuerda qué le hacía sentirse seguro e inseguro.

Haz que se sienta bien, que confíe en ti y se muestre abierto a una conversación, que se sienta escuchado y comprendido. Háblale en voz alta, percibe su presencia, dale realismo a la escena.
Dialoga con él escuchándole atentamente sin interrumpirle, sin juzgarle, déjale que se tome su tiempo, que se explique. Comienza preguntándole qué necesita decirte y qué necesita de ti. Déjale que se explaye. Cuando haya terminado, averigua cómo se siente cuando le ignoras, cuando le criticas, cuando no eres amable con él, cuando no le aceptas. Indaga cómo se siente cuando le tienes en cuenta escuchándole, cuando le elogias, cuando advierte que es una parte importante de ti. Aprovecha el momento y pregúntale por cualquier cosa que te haga comprenderle mejor.
Cuando te des por satisfecho con el resultado de la conversación, déjale que se recueste a tu lado y se eche una pequeña siesta, que descanse. Ahora, con toda la información que te ha proporcionado, mental y emocional, reencuadra tu relación con tu niño interior. Pregúntate por qué te resultaba difícil aceptarle. ¿Lo que te ha dicho te permite hacerlo a partir de ahora? ¿Qué es lo que más aprecias de ese niño? ¿Qué cambios puede haber en tu vida si lo haces? ¿Eres ya capaz de perdonarle después de conocer por qué hacía lo que hacía, pensaba lo que pensaba y cómo se sentía? ¿Qué puede pasar a partir de ahora en tu vida tanto si sigues rechazando al niño como si escuchas sus necesidades y le integras en ti? ¿Qué cambia en ti si te observas desde la perspectiva del niño? ¿Hay algo más que hayas aprendido, de lo que te hayas dado cuenta?
Si después de estas reflexiones te das cuenta de que quieres preguntarle algo más o quieres decirle algo, pedirle perdón, cualquier otra cosa que estimes conveniente, despiértale suavemente si todavía no lo ha hecho, deja que se desperece y retorna el diálogo. Por último, dale un abrazo y dile que a partir de ahora le tendrás en cuenta, le tratarás con más cariño y le aceptarás. Que se sienta querido y respetado.
Cuando hayas integrado en tu vida a ese niño, puedes repetir este ejercicio con los de otras edades. Según fue creciendo fue experimentando nuevas experiencias, adaptándose a sus circunstancias, incorporando nuevos comportamientos, nuevas maneras de ver la vida; evolucionó su forma de pensar, la forma de gestionar sus emociones, cambios que de alguna manera han impactado en tu yo actual. Algunos los habrás aceptado y otros los habrás rechazado. Habla con esos niños a ver qué descubres.
De la misma manera que has hecho con tus niños, conversa con tu adolescente. También puede sentirse ignorado y rechazado. ¿Con cuál quieres empezar, con el de trece años, con el de dieciséis, o quizá con el de dieciocho? ¿Con quién de ellos crees que tienes que empezar por ser la parte de tu adolescencia más conflictiva?
Aplica con tu adolescente lo que acabas de aprender con respecto a tu niño, adáptalo a sus circunstancias. Pregúntale cómo se sintió al empezar en el instituto, cómo eran sus amigos, si se sentía integrado en el grupo, cómo eran sus relaciones con el otro sexo, qué estrategias adoptaba para sobrevivir, cómo reaccionaba cuando se enfadaba, cuando se sentía atemorizado, cuando se sentía solo, cuando estaba feliz… Repite las preguntas que le hiciste al niño y cualquier otra de tu propia cosecha.
Plantéate las preguntas sobre las que reflexionaste respecto al niño para llevar a cabo el reencuadre, ahora bajo el punto de vista de tu relación con el adolescente que fuiste. Al igual que con el niño, repite el ejercicio con cada año, desde los trece a los diecinueve.
Desarrolla tu resiliencia
Sentirte capaz de adaptarte y hacer lo que sea necesario para superar los retos y adversidades que se van presentando en vez de resignarte y abandonar, que es lo que llamamos resiliencia, tiene un impacto muy positivo en tu vida. Cada logro que consigas, por pequeño que sea, pondrá un ladrillo más en el muro de tu autoestima. De la misma manera, al fortalecer tu autoestima mejoras tu capacidad de afrontar las dificultades y obstáculos que se te presentan, lo que acrecienta tu resiliencia. Una refuerza a la otra, son como las dos caras de una moneda, no puedes tener alta autoestima sin ser resiliente y viceversa.
¿Cómo puedes mejorar tu resiliencia?
- Adopta una actitud constructiva. No todo sale como quieres, no todo depende de ti, las crisis no son algo que no puedas superar y los cambios son algo inherente a la vida, no existe la evolución sin cambio. Se flexible ante los imprevistos ampliando tu «paleta» de respuestas y conductas, adaptándote a la situación. No te vengas abajo ante las adversidades, busca una solución para salir adelante a partir de esa situación en la que te encuentras. Para ello, apóyate en todos los recursos con los que cuentas, tus habilidades, fortalezas, tus relaciones personales y recuerda cómo solucionaste esa situación o una similar en el pasado.
- Relativiza. No todas las situaciones complicadas son catastróficas ni puedes evitar los eventos estresantes, pero sí puedes elegir cómo las interpretas y las afrontas, bajo qué punto de vista las abordas. Muchas de estas situaciones son temporales y posiblemente tengan solución. Que te haya ocurrido algo negativo una vez no significa que eso vaya a repetirse siempre, ni que tu vida se hunda por eso. No eleves a categoría un hecho aislado o poco frecuente. No hagas una montaña de un grano de arena.
- Se asertivo y maneja adecuadamente tus emociones. Respétate a ti y a los demás. Manifiesta tus necesidades y di «no» cuando tengas que decirlo. Comunica a tu entorno cómo te sientes, les facilita entender por lo que estás pasando. La habilidad en la gestión de las emociones caracteriza a las personas resilientes, las afrontan en lugar de evitarlas o enmascararlas.
- Sobre todo, haz. Abandona el victimismo, la queja, y actúa. No vale de nada evitar un problema, lo que te desagrada o supone una dificultad. Al analizar una situación, valora si tiene solución y si puedes de alguna manera influir en el resultado. Si es así, adelante, no te quedes tumbado en el sofá lamentándote. Creo que ya he insistido en esto con anterioridad.
Asume tus responsabilidades y vive de forma coherente
Aunque ya argumentamos esta cuestión en el post en «Toma las riendas de tu vida», quería hacer hincapié en el mismo por su importancia respecto a la autoestima.
Comprometerte con la responsabilidad de tu vida. Ser tú quien lleva a cabo lo esencial para satisfacer tus necesidades y tu plan de vida y no pasarles a otros el fardo de tu existencia generará en ti una sana autoestima, te proporcionará confianza y satisfacción, y te sentirás más capacitado para hacer frente a las vicisitudes y obstáculos que se presentan en la vida. Te conviertes en un agente activo del cambio, no esperas a que otros tomen tus decisiones por ti y dejas de estar supeditado a su criterio. Desde esta posición te preguntas: ¿qué puedo hacer para lograrlo, para solucionar este problema? Y, si algo sale mal, te cuestionas el porqué y tratas de solventarlo. No echas la culpa a los demás de lo que te ocurre.
La responsabilidad comprende numerosos aspectos de tu vida: tus elecciones, decisiones y acciones. Cómo empleas tu tiempo; cómo te tratas a ti mismo ―física, mental y emocionalmente― y cómo tratas a los demás; el rumbo que das a tu vida; la actitud con la que te enfrentas a los acontecimientos; las relaciones personales que eliges; el talante con el que llevas a cabo tu trabajo y, sobre todo, como te responsabilizas de tu felicidad. Cada uno de esos aspectos dependen de ti, eres tú quien debe asumir el protagonismo. Vivir de manera responsable consiste en poner el foco de tu atención en lo que estás viviendo en cada momento, en el aquí y el ahora, para poder aplicar la alternativa más idónea a la labor que estás realizando, lo que te proporcionará experiencia y criterios eficientes para resolver situaciones similares en el futuro y así adquirir nuevas conductas y prácticas eficaces que mejorarán tus resultados. Esto te proporcionará más confianza y mejorará tu autoestima.
Eso sí, no te engañes, no te digas mentiras, no deformes y tergiverses la realidad de acuerdo a lo que quieres oír y, sobre todo, no vivas de acuerdo a esas falacias intentando huir de tus responsabilidades. Vives en una mentira cuando perpetúas una relación sin futuro por miedo al abandono, a hacerte cargo de tu vida; cuando aguantas día tras día en un trabajo insatisfactorio por miedo a no ser capaz de conseguir otro mejor diciéndote que no estás tan mal, que ya vendrán tiempos mejores; cuando malgastas tu tiempo en relaciones que no disfrutas por miedo a la soledad, cuando no vives de acuerdo con tus valores y creencias. La autoestima te exige ser coherente, auténtico, sincero contigo mismo, dejar de lado las máscaras para ocultarte de ti y de los demás.