Pedir perdón
Pedir perdón es el primer paso para reparar el daño que has causado a otra persona y tratar de restaurar el vínculo que os une. Puede resultarte difícil, pues es un acto que requiere humildad y valentía: supone reconocer tus errores, mostrar arrepentimiento, lidiar con el sentimiento de culpa, vencer el miedo al rechazo y a la confrontación, sentirte vulnerable, superar la vergüenza por lo que hiciste, asumir tu responsabilidad en vez de justificarte, enfrentarte a la situación superando el miedo a las consecuencias…
Ya tienes algunas de las principales claves para pedir perdón; afrontar los escenarios descritos en el párrafo anterior. ¿Qué más puede ayudarte?
- Encuentra el entorno adecuado. Busca un lugar tranquilo en el que no seas interrumpido y dedica el tiempo necesario.
- Sé sincero al pedir disculpas. Si realmente no lamentas lo que hiciste o no crees que hiciste algo mal ni entiendes el impacto de tus acciones o no te importa, posiblemente la otra persona percibirá que no lo estás siendo. Pensará que te sientes obligado a hacerlo, que lo haces por compromiso o presionado por cualquier otro motivo. Esto empeoraría aún más las cosas y aumentaría su desconfianza hacia ti.
- Emplea un tono de voz apropiado y palabras que reflejen tu arrepentimiento sin que la conversación gire alrededor de tus sentimientos; la persona a quien ofendiste es la protagonista. Cuida también tu lenguaje no verbal para reforzar la coherencia en tu comunicación: mira a los ojos de tu interlocutor y muestra las palmas de las manos.
- Para ayudar al otro a entenderte mejor, explica qué fue lo te motivó a comportarte de esa manera, por qué actuaste como lo hiciste. Eso sí, como acabamos de decir, que esto no monopolice la conversación.
- Pregunta a la otra persona cómo puedes compensarla para reparar el daño causado.
- Expresa a la otra persona lo que la valoras.
- Dale el tiempo necesario para que estime si acepta tus explicaciones y te otorga el perdón. No presiones, no estás en situación de exigir. A lo mejor has traspasado unas líneas rojas que la otra persona no está dispuesta a aceptar.

Perdonarte a ti mismo
No sé si os pasa como a mí, que en general me resulta más fácil perdonar a otras personas o pedir perdón por algo que he hecho mal que perdonarme a mí mismo. No era consciente de ello hasta que me puse a preparar este post. Hasta ahora no me había parado a reflexionar el porqué y esto es lo que salió a la luz al hablar con compañeros psicólogos del Teléfono de la Esperanza, preguntar a amigos y a clientes, leer algunos libros y repasar ciertos momentos de mi vida por los que seguía sintiéndome culpable y/o avergonzado. También caí en la cuenta de que en este sentido no soy un bicho raro, muchos de estos elementos que comparto con vosotros forman parte de nuestra naturaleza humana, así que probablemente os veías reflejados en bastantes de estas conclusiones.
¿Tu juez interno tiende a ser duro, en exceso crítico e implacable contigo mismo? Posiblemente esta intransigencia hacia uno mismo proviene de un perfeccionismo alentado en tu infancia por un alto grado de exigencia por parte de tu entorno: padres, otros familiares cercanos y educadores, algo que ha desembocado en una baja autoestima Y claro, ahora, ante el mínimo error entra en juego la culpa y de manera inconsciente te autocastigas. En muchas ocasiones no logras perdonarte porque crees que el error que has cometido es muy grave, tu juez se pone en modo cañero, cuando realmente es una cuestión de percepción. A menudo magnificas tus fallos y asumes que has hecho algo imperdonable, ese mínimo error se convierte en algo trascendental. Pregúntate: ¿con qué tipo de cosas suelo juzgarme y criticarme?
¿Cuál es la solución para que cese tu lucha interna y conseguir perdonarte? Hacer las paces con el juez. ¿Cómo? No estaría mal que fueras más amable e indulgente contigo y pusieras en marcha la empatía interna. Esto no significa caer en la autocomplaciencia, en que no reconozcas tus errores, sino que recuerdes que eres humano, no eres perfecto y tienes derecho a equivocarte. Trata de aceptarte tal como eres, con tus luces y sombras. En vez de criticarte tan duramente, permítete un diálogo interno con un discurso más benevolente y cálido, al igual que harías con alguien a quien aprecias.
Libérate de la culpa. Este es el gap entre tu «yo real», lo que eres, y tu «yo ideal», cómo te gustaría ser. Sientes que hiciste o dijiste algo que no es coherente de tus valores y tu juez interno te dice que te has equivocado. Tenemos un problema cuando esa voz interior autocrítica no cesa, se enquista y no nos permite avanzar. En este caso, como dijimos anteriormente, lo mejor es hacer las paces con uno mismo y perdonarse.
Pon las cosas en perspectiva. En cada una de las etapas de tu vida actúas de acuerdo a tu grado de conciencia, lo haces lo mejor que sabes y puedes. No puedes revisar y juzgar tu pasado con el conocimiento de tu yo actual, puesto que has evolucionado, has adquirido experiencia y madurez, ya no te encuentras en la misma fase en la que cometiste el error. Tu punto de vista, tu enfoque, es diferente en ambos momentos de tu vida. Posiblemente en ese momento tenías otras prioridades, otros miedos, y unos recursos más limitados para gestionar situaciones. En vez de flagelarte, dale la vuelta a la situación y conviértela en una oportunidad de aprendizaje y mejora. Reflexiona sobre lo que puedes mejorar y cómo evitar cometer de nuevo ese error de ahora en adelante.
Escapa del bucle de quedarte atrapado rumiando tus fracasos y minimizando tus éxitos. A menudo nos atascamos dándole vueltas a esos pensamientos intrusivos que surgen una y otra vez, nos hacen recordar y revivir eso que nos arrepentimos de haber hecho, nos instalan en el remordimiento y nos hacen sentir peor según va pasando el tiempo. Un paso adelante para otorgarte el perdón consiste en no obsesionarte con estos pensamientos ni luchar contra ellos. Así, de manera progresiva, irán perdiendo fuerza y poder hasta que finalmente se desvanecen y se integran con el resto de tus recuerdos. Esto lleva su tiempo, al principio no resulta fácil puesto que toda una red neuronal se activa con la evocación de estas situaciones.
¿Por qué eres capaz de sentir compasión por otras personas y en cambio no eres compasivo contigo? La autocompasión consiste en tratarse a uno mismo como trataríamos a los demás cuando lo están pasando mal, en sentir ternura en tu corazón ante la aflicción. Sé comprensivo contigo mismo, cambia tu discurso interno con frases que faciliten tu autoperdón, como por ejemplo «aunque haya cometido un error, me doy una oportunidad para ser feliz y me perdono», «me equivoqué, pero desde ahora puedo hacer las cosas mejor». Evita llamarte tonto, inútil, y lindezas semejantes. Sustituye estas palabras de desaprobación por otras más amables. Ser comprensivo con uno mismo y decirse frases como «esta vez me he equivocado, la caída ha sido grande, pero puedo hacer las cosas mejor y remontaré», permite darse otra oportunidad.
Al perdonarte dejas atrás cargas emocionales que no te ayudan a vivir con plenitud, dejas un pasado que te hace daño mental y emocionalmente, sueltas una mochila cargada con todo eso, te liberas del dolor y la angustia, y te permites empezar de nuevo. Ganas salud mental y paz interior.