Haz (Parte 2 de 2)

Deja de preocuparte por si te equivocas

En el proceso de aprendizaje y perfeccionamiento de cualquier destreza está implícito el cometer errores y soportar pequeños fracasos, cada error es una oportunidad de mejora. El problema es que, desde que nacemos, nuestro entorno nos penaliza de una u otra manera cuando nos equivocamos, se interpreta el error como algo malo per se, y se etiqueta como inepto a quien lo comete. Te sientes avergonzado y humillado, y finalmente dejas de arriesgar y exponerte. El sistema educativo te juzga de una manera rigurosa al evaluar en exclusiva tu desempeño y te penaliza con dureza si no sigues las reglas de su juego y eres aceptado por el sistema. En casa, desde pequeño, tu aprendizaje se ve limitado por unos padres en exceso críticos que no te permiten equivocarte lo suficiente. En lugar de fomentar tu iniciativa, te castigan por hacer algo nuevo o de una manera diferente a la aprobada socialmente. Por si no tienes suficiente con esto, los medios de comunicación te muestran los éxitos de grandes figuras del deporte, de empresarios de éxito, de estrellas del mundo de la música, pero no hablan de las miles de horas de práctica que necesitaron para alcanzar esa notoriedad.

Debido a que hemos crecido condicionados por el miedo al error y al fracaso, muchos de nosotros nos conformamos con lo que estamos viviendo de manera cómoda o con hacer en exclusiva aquello con lo que nos sentimos satisfechos porque tenemos la sensación de que somos buenos realizándolo, sin salir de la archinombrada zona de confort. No nos damos cuenta de que solo podemos lograr el éxito en lo que nos propongamos si estamos dispuestos a asumir el fallo. La gran equivocación no proviene de los errores que cometemos al probar y experimentar distintas opciones para lograr lo que queremos, sino de no hacer nada por miedo al error; entonces no avanzamos, no crecemos. Podría medirse la dimensión de tu éxito por la cantidad de veces que fracasaste en algo. El único que no se equivoca es el que no hace nada.

Estudios realizados en el ámbito de la neurociencia nos muestran que en el proceso de aprendizaje el fallo es algo necesario. Los estudiantes obtienen mejores resultados en clase y sienten más confianza en sí mismos si saben que no van a ser penalizados por el error, que cometerlos es algo normal y que lo importante es aprender de ellos. Esto no significa que nos centremos en los errores para aprender, puesto que si nos focalizamos en ellos estaremos reforzando los mapas neuronales que se activan al llevar a cabo la acción que conduce al error, aumentando la probabilidad de que volvamos a cometerlo. El mejor camino para aprender algo es hacerlo correctamente, de manera que las redes neuronales que llevan al resultado deseado sean cada vez más robustas y de manera natural se vaya eliminando el error al dejar en desuso las antiguas redes.

En tu infancia necesitaste numerosos intentos para pasar de gatear a mantenerte de pie y comenzar a andar, años más tarde te caíste unas cuantas veces antes de sentirte seguro sobre la bicicleta, en el colegio pasaste una tarde tras otra aprendiendo las tablas de multiplicar… Te invito a que añadas ejemplos de tu cosecha, de esos que te recuerdan que el proceso de aprendizaje no es siempre sencillo, que si te caes te levantas y sigues intentándolo y que las soluciones no suelen ser ni evidentes ni llegas a ellas en el momento que quieres. Imagina que tras unas cuantas caídas al intentar andar hubieras dicho: «yo paso, eso de andar es complicadísimo. Total, si ya me llevan en brazos de un lado a otro».

Ahora te invito a otro momento de reflexión. ¿En qué ocasiones adoptas hoy esa actitud y abandonas?

Si te invade la tentación de abandonar y tirar la toalla, recuerda las palabras de Louis E. Boone: «La hoja de vida más triste de la vida contiene estas tres cosas: Pude haber hecho, tal vez hubiera hecho, y debería haber hecho».

Una vez que has empezado, repítelo una y otra vez

La excelencia está a diez mil horas de trabajo. Diversos estudios que analizan por qué personas con altas capacidades intelectuales y superdotadas consiguen un elevado nivel de maestría sus carreras profesionales, coinciden en que la clave del éxito no está en el talento innato que atesoran, sino en la formación y en la práctica regular y constante de su actividad. Consideran que llegar a la excelencia en la realización de una tarea compleja requiere de un «valor umbral» mínimo de diez mil horas de trabajo. No importa que tengas mucho talento, si no lo ejercitas es como si no lo tuvieras: solo la acción hace que el talento sea algo vivo. Como dijo Michael Jordan, el jugador de baloncesto: «Todo el mundo tiene talento, pero la destreza exige trabajo».

En una de estas investigaciones llevada a cabo en los años noventa del siglo pasado, un equipo liderado por el psicólogo K. Anders Ericsson dividió en tres grupos a los estudiantes de violín de la Academia de Música de Berlín. Al primero le asignaron los que tenían el potencial para convertirse en solistas de categoría mundial. El segundo estaba compuesto por los calificados por los profesores como «buenos». En el tercero se agruparon los que aspiraban a hacerse profesores de música en el sistema escolar público, sin pretensiones de llegar a tocar profesionalmente. Años más tarde se les hizo una pregunta: desde que tomó por primera vez un violín, ¿cuántas horas ha practicado en total?

En los tres grupos, todos habían comenzado a tocar alrededor de los cinco años y practicaban unas dos o tres horas por semana. Las primeras diferencias se hicieron visibles a partir de los ocho años: los estudiantes que terminaban como los mejores de su clase practicaban seis horas por semana a los nueve años, ocho horas por semana a los doce, dieciséis a los catorce; hasta que a los veinte practicaban más de treinta horas semanales. A esta edad los mejores habían acumulado diez mil horas de práctica cada uno, frente a las ocho mil de los considerados buenos y las poco más de cuatro mil de los futuros profesores de música.

A continuación compararon pianistas aficionados con pianistas profesionales y encontraron el mismo patrón observado en los estudiantes de violín: a los veinte años, mientras que los que llegaron a ser profesionales habían acumulado diez mil horas de práctica, los aficionados apenas habían alcanzado las dos mil.

Los investigadores llegaron a las conclusiones de que lo que distingue a un intérprete virtuoso de otro que no llega a la categoría de excelente es el tiempo que cada uno dedica a practicar y que el número uno ocupa ese lugar porque trabaja mucho, mucho más que el resto de sus colegas.

¿Quieres convertirte en un virtuoso de lo que haces? Ya tienes el secreto, pico y pala hasta al menos conseguir diez mil horas de entrenamiento y experiencia.

Como despedida y resumen de este par de post en los que te animo a «hacer», recuerda que para empezar no esperes a tener todo claro, a sentirte listo. No necesitas garantías, solo decisión. Empieza a hacer aunque tengas dudas, aunque tengas miedo, aunque no tengas del todo claro cómo. Así que no lo pienses más:
haz. Y cuando lo hayas hecho, hazlo una y otra vez.

Porque los deseos sin acción son solo humo,
porque el primer paso siempre es hoy,
porque el progreso vive en lo siguiente,
porque equivocarte no te rompe: te construye,
y porque la repetición con intención es lo que te transforma.

Tu vida no cambiará por lo que sueñas, cambiará por lo que haces.

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