El cambio (Parte 2 de 4)

¿Qué te impulsa a cambiar?

Las motivaciones para llevar a cabo un cambio provienen de huir de algo que te desagrada, o bien de acercarte a algo que te atrae. Aversión y deseo son las dos motivaciones esenciales. En general, somos reacios al cambio, lo hacemos cuando nos enfrentamos a una crisis o debemos resolver alguna dificultad; actuamos cuando no nos queda más remedio que hacerlo. Somos esclavos de nuestros hábitos y miedos y dirigidos por nuestras emociones.

Cuántas veces he oído a clientes decir «si no estoy tan mal», «quién no tiene problemas», «es lo normal», «ya pasará», «igual me quejo de vicio», «pero…», «es que…» cualquier justificación con tal de evitar tomar una acción que cambie el estado de lo que les incomoda, de lo que les irrita, de lo que les está amargando la vida. De hecho, podemos empezar a trabajar cuando la respuesta a la pregunta ¿qué tal va todo?, ¿cómo estás? es «jodido» o algún término similar que signifique «ya no puedo más, harto de sufrir». Si ésta es «más o menos», «bueno, bien», o similares, probablemente en la siguiente sesión, al revisar las tareas propuestas en la anterior, solo escucharé justificaciones de por qué no pudo hacerlas; la resistencia al cambio no le permite avanzar. Todavía la incomodidad de realizar las tareas no supera a la incomodidad que le produce lo que le está pasando. Cuando ese desequilibrio se produce en el sentido opuesto, la persona comienza a actuar.

Lee de nuevo y reflexiona: cambias cuando las incomodidades que te producen las acciones que llevas a cabo para cambiar una situación son menores que las incomodidades que padeces por mantenerla. Esta una de las principales claves del cambio.

Entre dejarte llevar y estar medianamente mal y luchar por estar bien sueles elegir lo primero. Sin darte cuenta eliges la peor opción. No has tocado fondo, así que no haces nada para mejorar la situación y la prolongas indefinidamente. 

Si quieres avanzar y crecer, es ineludible una actitud de apertura ante el cambio. Al igual que la ciencia avanza mostrando resultados de investigaciones que demuestran que ciertas teorías han quedado obsoletas, tú también puedes ir actualizando tus creencias y opiniones a medida que vas descubriendo e incorporando a tu vida nuevos aspectos de la realidad. No te empeñes en vivir y pensar de la misma manera que lo hacías hace una década, el mundo y tú habéis evolucionado, no te quedes atrapado en el pasado ni en una manera de ser.

La buena noticia es que tu cerebro es maleable. La neurociencia está constantemente corroborando su plasticidad, por lo que es posible reinventarte y ver las cosas de otra manera.

¿Por qué te cuesta tanto cambiar?

En tu día a día, cambiar significa renovar tu manera de pensar y de actuar ante las situaciones que se te presentan. Si continúas reproduciendo tus rutinas diarias, si piensas y sientes lo mismo todos los días, ¿qué va a cambiar? Tu pasado va a seguir siendo tu futuro. Seguramente habrás intentado un montón de veces cambiar alguna de estas rutinas ¿Cuál ha sido el resultado? ¿Ya sales a correr cada día? ¿Tu dieta es todo lo sana que querías? ¿Te atreves a decir «no» a tu jefe? ¿Has dicho por fin a tu pareja que ya no quieres que sigáis juntos? ¿Has dejado de procrastinar? No quiero ser agorero, no digo que sea imposible cambiar, aunque probablemente ya te habrás dado cuenta tú solo de que no resulta tan fácil. ¿Por qué? Crees que eres dueño de ti mismo, pero la realidad es que una parte importante de tus conductas está automatizada, repites lo que tienes grabado, por lo que las llevas a cabo sin darte cuenta.

Joe Dispenza, en su libro Deja de ser tú, lo argumenta de la siguiente manera: Al experimentar una situación, tu cerebro examina cómo reaccionó en el pasado ante una similar y pone en marcha las mismas respuestas con las que respondió, y lo hace de una manera más intensa si entra en escena un componente emocional. Si esta situación se repite en el tiempo, se activan las mismas secuencias consolidando las redes neuronales de los circuitos que participan en el proceso. Además, también se repiten las mismas sustancias químicas que se liberan en el cuerpo. La huella creada por la activación repetida de las mismas neuronas y la secreción de las mismas sustancias, produce que la mente y el cuerpo reproduzcan una limitada cantidad de programas automáticos de manera inconsciente; lo que llamamos hábito.

Esta repetición inconsciente habitúa al cuerpo a recordar un estado emocional igual o mejor de lo que lo recuerda la mente consciente. De esta manera, el cuerpo se convierte en la mente inconsciente; la mente consciente ya no está al mando, sigue creyendo que es quien dirige, pero es el cuerpo el que influye en las decisiones de acuerdo con las emociones memorizadas. Por si fuera poco, recuerda que tan solo el cinco por ciento de la mente es consciente, el noventa y cinco por ciento restante está dirigido por programas automáticos generados por tu mente inconsciente.

Cuando intentas recuperar el control, el cuerpo le indica al cerebro que te aleje de tu propósito. El cuerpo, que se ha convertido en yonqui de esas sustancias, empieza a demandarlas haciéndote sentir un síndrome de abstinencia. El hipotálamo envía una alarma y le dice al cerebro que vuelva a pensar como lo había hecho hasta ahora para regresar al estado químico memorizado y para fortalecer el mensaje hace que tu mente empiece a boicotearte con mensajes que te hagan recaer: «no lo vas a conseguir», «eres un desastre», «ya lo has intentado otras veces y no funcionó»… Si haces caso a esa voz interior, se reactiva el programa automático y vuelves a ser el mismo de siempre.

Jonathan Haidt, psicólogo de la Universidad de Virginia, en su libro The Happiness Hypothesis, utilizó una analogía para explicar la tensión entre las partes emocional y racional de tu cerebro: asocia al lado emocional la figura de un elefante y al racional la del jinete. Sentado encima del elefante, el jinete sujeta las riendas y parece que es quien tiene el control y lidera la situación, pero ese aparente dominio es muy frágil y precario. Es muy pequeño en relación al elefante. Cuando el elefante, con unas cuantas toneladas de peso, decide seguir una dirección diferente a la que le muestra el jinete, este último tiene todas las de perder a no ser que establezca estrategias que tengan en cuenta a ambos. Para lograr un cambio debes apelar tanto a tu corazón como a tu mente. El jinete aporta planificación y dirección y el elefante contribuye con la energía.

En ocasiones, avanzar en una situación que requiere un cambio por tu parte te resulta complicado porque la gratificación que vas a obtener la encontrarás en el largo plazo, no es algo inmediato. El elefante, que es perezoso y caprichoso prefiere una recompensa inmediata y se resiste al jinete, que no es capaz de mantenerle por el camino deseado sin la motivación adecuada; proporciónale algo que «toque» sus emociones, tus valores. Las fortalezas del elefante son su fuerza y determinación. Aprovéchate de estas cualidades. En otras ocasiones, el jinete no deja de darle vueltas a las cosas, tiende a pensar sin parar y analizar sin límites toda la información que recibe. Es muy bueno planificando a largo plazo, aunque a veces llega a la parálisis por el análisis. Si no está del todo seguro de hacia dónde avanzar, tiende a guiar al elefante en círculos. Por eso, muchas veces nuestro diagnóstico ante el fallo en un cambio es incorrecto: lo que creemos que es resistencia, en realidad es falta de claridad. Dale todo mascadito, que tus objetivos sean claros para que pueda conducir al elefante sin titubear.

Una manera muy común que utiliza la mente inconsciente para defenderse del cambio, puesto que se siente muy cómoda con lo que ya conoce, consiste en generar miedos e incertidumbre para que no salgamos de la ya famosa zona de confort. Algunos de los miedos más comunes que he observado en clientes cuando les surge alguna oportunidad de cambio suelen ser expresados diciendo: no sé si seré capaz de hacerlo, no sé qué pasará, no sé cómo actuar, mi pareja no lo va aceptar, mis amigos van a dejar de serlo, me preocupa que si lo hago las consecuencias serán para siempre, no tengo las habilidades necesarias. Estos miedos habitualmente vienenacompañados de estados emocionales negativos, como ansiedad y estrés anticipatorio, que inducen a la desmotivación y nos paralizan, de manera que rechazamos esa oferta de cambio.

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