Síndrome general de adaptación
En 1930, el psicólogo húngaro Hans Selye, director del Instituto de Medicina y Cirugía Experimental de la Universidad de Montreal, comenzó a desarrollar una teoría según la cual pacientes con variedad de dolencias manifestaban muchos síntomas similares que se podían atribuir al esfuerzo del organismo para responder al estrés de estar enfermo. Observó que padecían trastornos físicos cuyo origen no provenía directamente de su enfermedad o de su condición médica.
Advirtió que muchos de sus pacientes, justo antes de que aparecieran los síntomas, habían estado expuestos a situaciones difíciles, grandes cambios en sus vidas o situaciones de máxima demanda que requirieron un gran trabajo de adaptación, lo que desencadenó grandes cambios en sus funciones corporales. Si no conseguían resolver esas presiones, los síntomas se cronificaban y aparecían otros nuevos al no haber sido capaces de adaptarse a esa presión y solucionar la situación. A este estado de adaptación lo denominó Síndrome General de Adaptación (SGA), en el cual el proceso del estado de malestar hacia una enfermedad sigue las siguientes fases:
En la primera se produce una reacción de alarma general. El cerebro emocional, mediante el hipotálamo, detecta situaciones desafiantes o estados de malestar que no se están resolviendo. La conciencia del cuerpo pone en marcha cambios hormonales para que tu organismo se ponga en estado de alerta y reúna energías, crea emociones y síntomas para avisarte de que estás en riesgo y para que hagas algo al respecto.

No es el estrés en sí mismo el que provoca el síntoma, sino la forma en que lo gestionas. Las circunstancias, como hemos visto anteriormente, no tienen un sentido por sí mismas, sino que tienen el sentido que les otorgas, tanto consciente como inconscientemente, y eso es lo que hace que las catalogues de una u otra manera.
No todo estrés emocional supone un conflicto biológico. De acuerdo con Selye, solo emerge si confluyen cuatro condiciones en la situación que la provoca:
- Que sea inesperada.
- Que sea dramática.
- Que la sientas como irresoluble, que creas que no cuentas con recursos para solventarla.
- Que la hayas vivido en soledad, sin haber podido expresar el sentir profundo o la emoción asociada al evento.
El cerebro descarga la tensión vivida a través del cuerpo, transmitiendo la responsabilidad de la gestión al órgano más idóneo para evacuarla. En ocasiones no está presente un único conflicto, sino una sucesión de pequeños conflictos ligeramente traumatizantes que pueden pasar desapercibidos por tener una carga emocional pequeña, pero quedarán registrados a nivel inconsciente.
Paulatinamente, estos pequeños conflictos van generando leves y casi imperceptibles situaciones desestabilizantes hasta que un día se acaba manifestando en una enfermedad que será la expresión de lo acumulado.
Si no haces nada para solucionar el problema, la conciencia del cuerpo envía señales al hipotálamo para que active la alarma y cree una memoria celular de la situación. Cada vez que surja esa misma situación se activa esa alarma. También te alerta de que cada vez es más urgente que soluciones el problema.
El hipotálamo ve que el cuerpo cada vez trabaja más intensamente para afrontar la amenaza y te envía más señales de aviso. Comienzas a tener problemas para mantener el equilibrio de tu organismo. Emocionalmente puedes sentir miedo o enfado.
Si ignoras estas señales de aviso, continúas sin actuar y te limitas a luchar contra los síntomas, comienza el estadio de resistencia. Los síntomas iniciales se intensifican y comienzas a padecer fatiga, problemas intestinales, dolores de cabeza, inquietud, tensión, problemas de sueño e infecciones recurrentes entre otros.
El hipotálamo interpreta el estadio de resistencia como una nueva amenaza y activa de nuevo la alarma para alertarte, con la consecuencia de que tu cuerpo trabaja aún más intensamente. Tu ciclo de sueño se altera, disminuye tu energía, se ralentiza tu metabolismo y tu temperatura empieza a fluctuar. Cuanto más tiempo sigas sin hacer nada al respecto, más sobrecargado estará el hipotálamo.
Tu cuerpo empieza a abandonar y finalmente se presenta el estado de estancamiento o agotamiento. Las glándulas suprarrenales trabajan aún más intensamente, se estresa tu tracto gastrointestinal, colon irritable y se sobreestimula el sistema inmunológico hasta que se colapsa temporalmente y es incapaz de combatir infecciones víricas. Si actúas, tu cerebro emocional detecta que has resuelto el problema y envía una señal al hipotálamo para que vuelva a funcionar de manera normal. Cuando esto ocurre, los síntomas suelen desaparecer. El malestar sana siempre que se modifique desde el interior la forma de vivir la situación que ha llevado al síntoma.

Escucha a tu cuerpo y averigua qué te dicen tus síntomas
Escuchar a tu cuerpo consiste en prestar atención a lo que ocurre en tu ser íntimo para que descifres el mensaje del síntoma. Recuerda que el cuerpo no se comunica contigo a través de palabras o pensamientos, por lo que para identificarle no recurras a argumentos racionales, sino que interroga a tus sentimientos, sensaciones y emociones; señales codificadas que tienes que traducir a palabras.
Para liberar la carga emocional no resuelta que provoca tu malestar físico, mental o emocional, reconecta tu parte física con tu parte emocional y así aliviarás la tensión. Presta atención a lo que te ha provocado esa carga emocional desagradable y te ha generado el conflicto interno o situación problemática. La clave consiste en revivir cómo viviste el instante concreto, porque tus cinco sentidos registraron todo lo que había en el entorno, es justo en ese momento cuando la tonalidad conflictual del estrés quedó grabada en tu memoria celular y se activaron tus pensamientos al respecto interpretando y dando sentido a la emoción que surgió.
Para ello, regresa al momento en que viviste la experiencia impactante, y toma conciencia de qué es lo que supuso para ti un shock y cómo era la vida antes de que aparecieran los primeros síntomas.
Algunas preguntas que pueden ayudarte a focalizarte y revivir las sensaciones corporales ligadas a ese instante (lo que veías, oías, olías, temperatura, luminosidad, el tacto de la superficie de donde estabas sentado, tumbado o de pie, y cualquier otra que te ayude a una experiencia inmersiva en ese momento) pueden ser:
¿Qué sentía en esa situación?
¿En qué partes de mi cuerpo lo sentía? ¿Cómo? ¿Dolor, hormigueo, presión…?
¿Con qué adjetivos puedo describir mejor lo que siento en mi cuerpo?
¿Qué había detrás de esa emoción que sentía?
Si profundizo más, ¿encuentro alguna información adicional?
¿Qué es lo que realmente está queriendo decirme este síntoma?
¿De qué me está protegiendo?
¿Qué puedo aprender de él?
¿Qué me impide superar la situación?
¿A qué me obliga padecer el síntoma (dolor, enfermedad…)?
¿Qué es lo que quiere que haga?
¿Qué cambiaría en mi vida si desaparecieran los síntomas?
¿En qué otras situaciones de mi vida ha aparecido y aparece actualmente este mismo síntoma?
A continuación describe qué es lo que intenta transmitirte tu conciencia del cuerpo, cómo siente el problema o conflicto.