Atención: el superpoder olvidado en la era del ruido (Parte 1 de 2)

«Allí donde pones tus pensamientos y tu atención, se convierte en tu realidad».

Joe Dispenza

«Tú no eres tus pensamientos. Tú eres quien tiene la capacidad de dirigir la atención».

Dandapani

A un ritmo mucho más lento del que tenía planeado, me encuentro inmerso en el proceso de escribir un segundo libro, aún sin título, dedicado a la atención y la conciencia. ¿Por qué este tema en concreto? Un par de hechos me empujaron en este sentido: cayó en mi manos el libro La nueva ciencia de la atención, escrito por la Dra. Amishi Jha y, nada más empezar a leerlo, una idea que expone en la introducción me golpeó con la fuerza de un puñetazo: «Te estás perdiendo el cincuenta por ciento de tu vida. Y no eres el único. Nos pasa a todos. ¿Por qué? Porque no prestas atención». Entonces empezaron a surgir multitud de preguntas: ¿Dónde estoy entonces en esa mitad de mi vida «perdida»? ¿Qué ocasiona que mi atención se disperse? ¿Por qué me resulta tan complicado estar en el aquí y el ahora? ¿Qué consecuencias tienen en mi vida estas vacaciones atencionales?

El segundo motivo de mi creciente interés por la atención proviene de un ejercicio que llevo un tiempo practicando: preguntarme por qué reacciono como reacciono ante lo que reacciono (parece un trabalenguas) y me doy cuenta de que a menudo me pierdo en mis pensamientos, me enredo en ideas que en ese momento no vienen a cuento, me distraigo ante estímulos externos.

También, aunque se parezca demasiado o sea una variación de lo anterior, también ha influido en ello lo que me sucede durante mi práctica diaria de la meditación: llevo unos cuantos años dedicándole media hora diaria y todavía no soy capaz de mantener mi mente y mi conciencia centrada durante mucho tiempo. En fin, como de costumbre, me enrollo.

Así que, en este post, me propongo compartir con vosotros la importancia de la atención en nuestras vidas, el alto impacto que tiene el estar presente y poner conciencia en aquello que pensamos y llevamos a cabo. No es que el tema de la atención se agote con esto, da para mucho más que el puñado de elementos básicos que trataré. Se quedarán fuera temas como la relación entre conciencia y emociones, los tipos de atención, qué es lo que la mejora y la deteriora, la multitarea, la divagación… temas a los que dedicaré ese libro del que os hablo, ese que espero compréis en su momento y lo unáis a De la queja a la acción. Transforma tu vida, el que ya tenéis.

Eso sí, por si se desmadra el tiempo en el que estará listo el libro, por aquello de mis problemas con la atención, en los siguientes post compartiré un método muy efectivo para conseguir, con paciencia y perseverancia, ser el amo de tu mente y ser consciente de dónde pones tu atención.

Crisis actual de atención

Uno de los rasgos más característicos de nuestra sociedad actual es la hiperconexión. Incesantemente y de manera simultánea, ya sea a través de tu móvil, portátil, televisión, reloj inteligente, o cualquier otro dispositivo, tu atención es reclamada e invadida por un alud de notificaciones, redes sociales, correos electrónicos y mensajes de WhatsApp. Un torrente de estímulos demasiado seductores, demasiado acuciosos, y demasiado intensos para que no te quedes atrapado en ellos. No tienes fácil escapatoria.

Esta conectividad permanente, que un tiempo atrás fue símbolo de progreso y libertad, se ha convertido en un fenómeno ambivalente: te conecta con todo a la vez que te fragmenta por dentro. La atención y la conciencia, facultades esenciales de la experiencia humana, están siendo erosionadas por esta nueva normalidad digital. La hiperconexión va más allá del acceso a internet o al uso frecuente del móvil, implica una integración continua y casi obligatoria de los dispositivos tecnológicos en todos los aspectos de tu vida cotidiana: trabajo, ocio, relaciones personales, información y autoimagen. Tu vida digital ha canibalizado a tu «experiencia real».

Además, no solo eres sujeto pasivo como receptor de esta explosión informativa, sino que participas en ella de manera proactiva. Pones todo tu empeño en seguir el ritmo y no perderte nada, porque es lo que se espera de ti. Nada mejor que el recién acuñado término «FOMO» (Fear of Missing Out), miedo a perderse algo, para explicar esta realidad. Consiste en un fenómeno psicológico que describe la ansiedad y la necesidad constante de estar conectado y al tanto de lo que hacen los demás, especialmente a través de las redes sociales, por miedo a perderse experiencias o eventos importantes. 

Plataformas diseñadas para captar y mantener tu atención, algoritmos diseñados por un ejército de ingenieros de programación y de psicólogos que priorizan la inmediatez, la emoción y la adicción, un entorno que premia la respuesta rápida y la distracción constante nos conminan a pasar el día delante de las pantallas, transformando de manera radical tu manera de habitar el presente. Su poder reside en su capacidad de adaptación: aprenden constantemente cuál es la mejor manera de captar tu atención y de mantenerte atrapado. Nos hallamos inmersos en una crisis sistémica impulsada por la economía de la atención.

Como consecuencia, la atención es hoy uno de los recursos más escasos y disputados. En este nuevo ecosistema, se ha convertido en una moneda de cambio. Cada aplicación, notificación o contenido viral compite por captar fragmentos de tu conciencia, lo que ha generado el fenómeno conocido como atención fragmentada. Cambias de tarea cada pocos minutos, saltas entre conversaciones, plataformas y estímulos. La multitarea, tan a menudo celebrada como una habilidad moderna y solicitada en multitud de ofertas de puestos de trabajo, se ha demostrado ineficaz para el pensamiento profundo y la toma de decisiones complejas.

Las consecuencias son múltiples: nos encontramos agotados y exhaustos, con dificultades para concentrarnos, aumenta nuestro nivel de ansiedad, tenemos una menor tolerancia a la frustración, vivimos con una sensación constante de urgencia y fatiga, somos menos eficaces, nuestra capacidad para sostener una idea, un diálogo profundo o incluso una emoción auténtica se ve mermada por la dinámica del «scroll» infinito. La información consume la atención de sus receptores, de ahí que el exceso de información vaya necesariamente acompañado de una pobreza de atención.

Y a nivel social, los niños de hoy en día están creciendo inmersos en una nueva realidad en la que paulatinamente se van encontrando desconectados y aislados de sus semejantes y mucho más conectados que nunca con las máquinas. Este hecho es de suma importancia, puesto que los circuitos sociales y emocionales del cerebro infantil aprenden a través del contacto y la interacción con las personas con las que se relacionan. Por ejemplo, así es como aprendemos a interpretar los mensajes no verbales y las conductas ajenas. Y esto no augura nada bueno; dado el mayor el tiempo que pasan delante de una pantalla digital, con el consiguiente detrimento del que dedican a relacionarse con otras personas, no es de extrañar que incluso antes de alcanzar la adolescencia aparezcan déficits emocionales, sociales y cognitivos.

En el próximo seguiré con el análisis y apuntaré por dónde podemos encontrar las soluciones.

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