¿Cómo manifiestas la gratitud?
Martin Seligman, psicólogo y escritor norteamericano, director del Departamento de Psicología de la Universidad de Pensilvania, sostiene que la gratitud se revela cuando eres consciente de las cosas buenas que te suceden, nunca las das por sentado, y te tomas tiempo para expresar tu agradecimiento. La clave consiste en vivir de una manera más consciente, valorar y agradecer.
Entonces ¿por qué no lo hacemos? Con frecuencia nos resulta más fácil fijarnos en lo negativo, en los defectos, en los inconvenientes, en lo que nos molesta, antes que en los detalles positivos y en aquello por lo que dar gracias. Este hecho se explica en parte por el sesgo de negatividad: en grados de la misma intensidad, afectan más intensamente a nuestro estado y recordamos mejor los sucesos de naturaleza negativa, como pensamientos y emociones desagradables, eventos traumáticos o molestos, o incómodas relaciones con otras personas, que acontecimientos neutrales o positivos. Además los sucesos con ese sesgo negativo nos predispone a dirigir nuestra atención hacia lo negativo. Un par de ejemplos: vas a visitar a algún familiar o amigo ingresado en el hospital y al preguntarle ¿qué tal?, ¿cómo vas?, la respuesta, en vez de ser algo así como «mejor, en breve me dan el alta», o «bien, los médicos han acertado rápido con el diagnóstico y el tratamiento funciona» o «qué agradables son todos aquí», suele ser algo parecido a «qué asco de comida», «mi compañero de habitación no para de quejarse», «con dolores que no son capaces de quitarme», etc. Ahora piensa, estás andando por la calle en un día precioso, rodeado de unas fachadas dignas del mejor barrio de París, con la nariz aún inundada del agradable aroma a pan recién hecho que sale del horno por el que acabas de pasar, llegas unos contenedores al lado de los que hay un montón de cajas apiladas al lado de uno de ello. ¿Qué le dirás a tu pareja en cuento llegues a casa o al primero que te comente cualquier cosa sobre la ciudad?: «Vaya barrio más sucio», y lo harás sin más motivo que el que la capacidad del contenedor dedicado al papel y al cartón se ha visto superada y y los vecinos han optado por amontonar las cajas a su alrededor. Yo conozco a alguien que, si le regalaras un millón de euros, seguro que contestaría: «sí, vale, un millón, pero en billetes de veinte. ¡Es que no los había más grandes!» ¿El antídoto a todo esto? La gratitud.

La lista de situaciones cotidianas que no solemos apreciar y valorar es larga: no te das cuenta de tu buen estado físico hasta que caes enfermo, no celebras que estás vivo por más que sepas lo fácil que es dejar de estarlo; en tu vida en pareja, no adviertes o no agradeces la multitud de aspectos positivos que te aporta hasta que la relación se rompe y comienzas a echarla de menos; en las relaciones con tus amigos y seres queridos, cientos de veces no aprecias su apoyo en los malos momentos ni los buenos ratos compartidos en celebraciones, viajes, paseos, comidas, o ignoras esos miles de pequeños detalles que sustentan la amistad, como un abrazo o un beso; pasas por alto la alegría ante un regalo inesperado, ni siquiera eres consciente del cariño de tus hijos porque crees que todos van a estar siempre ahí, hasta que llega el día en el ya no están; das por hecho y normal tener un plato en la mesa, una cama caliente, agua en la ducha e ignoras que un alto porcentaje de la población mundial, incluso no pocos de tus conciudadanos, no tienen acceso a ellas o a otras muchas que das por sentado; te quejas de tu trabajo hasta que un día te despiden; no aprecias que vives en un país en el que no hay guerras, hay libertad, acceso a la tecnología; no agradeces que alguien ha sido amable contigo al atenderte en una tienda, al hacer una gestión; esos momentos de paz en los que disfrutas con la lectura de un libro o la escucha de un disco, de un paisaje, de un bello amanecer o de la puesta de sol; no disfrutas de ciertos dones como tu inteligencia, tus habilidades u otras capacidades que te permitan cosas como tocar un instrumento musical, hablar otros idiomas, escribir o lo que sea. ¿Con cuáles de ellas te has identificado? ¿Se te ocurre alguna más aplicada a tu día a día? Si has sido sincero al leer esto, seguro que la contestación es afirmativa para ambas preguntas.
¿Cómo puedes detectar esa carencia de gratitud en ti?
No es difícil, solo mírate, contempla si habitas en la constante: por un atasco, por la eterna la cola del supermercado, por cómo te trata tu jefe, porque alguien ha llegado tarde a una cita, por el gobierno, por cómo se comportan tus hijos, tu pareja, tus vecinos…
¿Necesitas más señales?
Dime si te centras en lo que no tienes en vez de en lo que tienes; si tu foco está en los que crees son defectos de los demás en lugar de valorar sus virtudes… Pues ya lo ves.
Ahora, recrea en tu mente estos últimos días, un par de semanas, no hace falta más. ¿Recuerdas que situaciones que han llevado a ser agradecido? ¿Hay alguna? Sin embargo, ¿sería capaz de hacer una lista con todos los detalles desagradables por los que has sentido cualquier cosa menos agradecimiento? Sí, verdad.
Empieza por equilibrar esa balanza, luego, si eres capaz de llegar más allá e invertir el fiel, serás más feliz, te lo garantizo.