Planifica y aprende a decir no

Continuamos con la serie de post dedicados a la administración del tiempo. En esta ocasión, trataremos dos herramientas muy útiles: planificar y aprender a decir no. Bueno, la primera, por su importancia y profundidad, será materia de algún otro post que preveo publicar dentro de unas semanas, por lo que en este de hoy solo expondré brevemente algunas de las consecuencias de no hacerlo y los beneficios de diseñar e implementar un buen plan.

Planifica

¿Actúas improvisando, sin planificar? Si es así, este es uno de los principales motivos por el que no logras el éxito en lo que te propones.

Si no dedicas tiempo a planificar porque crees que estás muy ocupado para hacerlo, porque te parece que es un ejercicio teórico improductivo, porque piensas que es ser inflexible, porque pierdes libertad, prepárate para afrontar las consecuencias:

  • Dispersión y falta de concreción de tus acciones.
  • Pérdidas de tiempo y energía innecesarias
  • Incertidumbre.
  • Sensación de no llegar a todo.
  • Carencia de tiempo para dedicar a tu familia y amigos.

¿Y los beneficios que obtienes al planificar? Son muchos, de manera resumida te comento los siguientes:

  • Obtienes una visión clara y un enfoque preciso acerca de lo que necesitas hacer y por qué lo haces. Un plan bien estructurado te ayuda a mantener el rumbo y a avanzar de manera constante hacia tus objetivos personales o profesionales.
  • Reduces tu nivel de estrés, puesto que, si tienes claro qué hacer y cuándo hacerlo, generas un sentido de control que reduce tu ansiedad
  • Al establecer prioridades, ocupas tu tiempo de manera más eficiente y previenes la procrastinación, ya que te resulta más fácil tomar acción en lugar de dejar las cosas para mañana. Además, evitas dispersarte con tareas no importantes.
  • Mejora la toma de decisiones. Sabes qué opciones se alinean con tus prioridades y objetivos, lo que te permite elegir de manera más consciente y menos impulsiva.

Aprende a decir «no»

Muy probablemente, y no estás solo en esto, experimentas sentimientos de ansiedad y culpabilidad si no cedes ante las demandas, solicitudes y peticiones de otras personas. ¿Qué ocurre entonces? Que se te llena la agenda de cosas que no quieres hacer, y te ves forzado a sacar de la misma acciones que para ti sí son importantes y/o urgentes.

 ¿Y eso a qué se debe? Desde pequeño, la educación que recibiste, tanto en casa por tus padres como en el colegio por tus profesores, te hacía sentir egoísta o poco empático si anteponías tus necesidades a las de los demás. Un ejemplo. A lo mejor has vivido o has visto una situación como la siguiente: eres pequeño, estás jugando en el parque con tu juguete favorito, otro niño quiere jugar con él, te lo quita, lloras, se lo quitas a él, y la persona que se ocupa de ti en ese momento te dice «déjaselo a ese niño, hay que compartir». Y tú piensas, pero ¡qué carajo! Si no me importa dejárselo, pero ¿por qué tiene prioridad él para mi padre/madre/abuelo? Que se espere unos minutos y se lo doy.

En muchas ocasiones, en situaciones similares a lo largo de tu vida, esa apelación a no ser egoísta será utilizada como «arma» para obligarte de manera más o menos sutil a que hagas o no hagas algo, independientemente de si quieres o no quieres hacer lo que te piden. El abanico de formas de utilización de dicha «arma» va desde peticiones directas hasta la más burda manipulación y el chantaje emocional.

¿Cómo te sentiste aquella vez que un amigo o familiar te preguntó si podías ir a buscar a alguien al aeropuerto y a ti no te venía bien? ¿Le dijiste que no te apetecía, que no podías, o lo hiciste de todos modos? Y cuando tu pareja, después de un duro día de trabajo en el que llegaste agotado a casa, te propuso salir a cenar con unos amigos y tus planes eran quedarte tirado en el sofá, ¿fuiste a regañadientes o explicaste cómo te sentías y te quedaste en casa? Y cuando tu cuñado te pidió que te encargaras tú de comprar la carne y las bebidas para la barbacoa del domingo, ¿te acercaste al súper aun teniendo la agenda a tope o le dijiste que por esta vez lo hiciera él porque tú no podías ocuparte de ello? Y cuando tus padres te ponen mala cara o te hacen algún reproche porque no vas a ir el fin de semana a su casa, ¿finalmente vas y cancelas otros planes que te apetecían más? Y cuando tu amiga, la que se quiere cambiar de barrio, te pide que vayas con ella a ver unos pisos para que le aconsejes, ¿le explicas que ya tienes planes para ese día o acabas haciendo un tour inmobiliario por el centro? Seguro que has vivido escenas similares a estas en las que encajaste en tu agenda tareas o actividades que, por no ser capaz de decir «no», para no sentirte culpable, las acabaste haciendo y renunciaste a otras más importantes para ti. Probablemente, si accediste sin realmente querer hacerlo, te hayas sentido frustrado y sin respeto por ti mismo.     

¿Cómo puedes rehusar esos requerimientos sin sentirte culpable, sin enfadarte, sin pensar que eres un egoísta, sin entrar en conflicto contigo mismo, sin que la otra persona se sienta herida o rechazada?

Vamos a seguir las recomendaciones que Manuel J. Smith nos sugiere en su libro Cuando digo no, me siento culpable.

Lo primero para conseguir ser asertivo consiste en que te des cuenta de que solo pueden manipularte y que te comportes de la manera que otros quieren si tú lo permites. Haz valer tus derechos asertivos. ¿En qué consiste ser asertivo? Sin ánimo de ser exhaustivo, pues no es este el objetivo, te comunicas de manera asertiva cuando das tu opinión sintiéndote bien, sin que por ello dejes de valorar y respetar la de los demás, cuando discrepas sin defenderte ni agredir, y piensas que tú y la otra persona tenéis los mismos derechos. Un ejemplo de comunicación asertiva podría ser la siguiente:

A: Quisiera que fueras fregando los platos mientras yo los lavo.

B: Estoy viendo la tele.

A: Me sentiría mucho mejor si compartiéramos la responsabilidad de las tareas de la casa. Puedes volver a ver la televisión cuando hayamos terminado.

B: Es que están a punto de pillar a los malos…

A: Bien, puedo esperarme un poco. ¿Me ayudarás cuando termine la película?

B: ¡Eso está hecho!

No tienes por qué justificar u ofrecer excusas por tu comportamiento. Por supuesto, la otra persona también tiene el derecho de decirte lo que no le parece bien. Tras escuchar sus argumentos, puedes reafirmarte en tu decisión inicial haciendo caso omiso de sus preferencias, tratar de llegar a un acuerdo que satisfaga a ambos, o plegarte a sus requerimientos y cambiar tu comportamiento. En cualquier caso, eres tú quien toma la decisión. No prestes atención a lo que te digan para que te sientas culpable si no haces lo que te piden. Nadie tiene derecho a manipular tus sentimientos y dirigir tus acciones.

No eres responsable de los problemas ni de la felicidad de otras personas. Cada uno de nosotros somos responsables de nuestras propias vidas, de nuestro bienestar. Por supuesto, podemos ofrecer nuestra ayuda si se nos solicita, pero no permitas que te expongan sus problemas como si fueran tuyos.

Permítete cambiar de opinión. Con el paso del tiempo pueden cambiar tus preferencias, tus prioridades, la manera que tienes de hacer las cosas, tus necesidades. Un cambio de trabajo, la maternidad, el propio proceso de maduración y crecimiento personal, la toma de conciencia acerca de algún aspecto de tu vida que te perjudicaba producen que tus intereses, tus criterios y opiniones se modifiquen. Entonces puede que tu cambio de parecer se encuentre con la oposición de otras personas y traten de manipularte para que permanezcas donde estabas. No pasa nada si en lo que antes decías «sí» ahora dices «no».

En ocasiones, la decisión que tomes no será la correcta. Bueno, también tú tienes derecho a equivocarte. Eso sí, asume la responsabilidad del error sin sentirte culpable. Paga las consecuencias, pero no te dejes manipular dejándote convencer de que has hecho algo malo y, como consecuencia, tienes que compensar esa mala acción y ofrecer una reparación con exigencias desproporcionadas o contraer «deudas emocionales» hasta el final de los tiempos. No permitas que condicionen tus acciones futuras por errores pasados.

No cedas ante el chantaje emocional de otras personas cuando tratan de manipularte con la amenaza de retirar su afecto o su simpatía hacia ti por no actuar como ellos quieren que lo hagas. Si su chantaje tiene éxito, no dudarán en utilizarlo de nuevo. Si ven que esta estrategia no funciona, no volverán a emplearla. No necesitas la aprobación de todo el mundo todo el tiempo.

Ante una petición de otra persona, encájala en una de estas categorías: «deseo», «debo» y «debería». «Deseo» es algo que tú quieres hacer. «Debo», en este contexto, es algo que eliges hacer aunque no te apetezca, pero que te proporciona algún beneficio que te permitirá hacer lo que deseas (deseo irme de vacaciones al Caribe, por lo que debo trabajar para ganar dinero y pagar el viaje). «Debería» podemos considerarlo como un tipo de manipulación para que hagas lo que otra persona quiere que hagas o que tú mismo te impones para resolver una obligación que te has autoasignado, más relacionada con «tendría que» que con «deseo». Actúa en consecuencia con la clasificación que decidas otorgar a la petición de la otra persona.  

La semana que viene nos centraremos en la delegación. ¿Por qué tienes que hacerlo todo tú? Delegar no es un signo de debilidad ni de incapacidad. No caigas en la tentación de querer hacer todo por ti mismo, pensando que eres más rápido o más eficiente. No solo afecta a tu productividad, sino que también limita tu potencial para enfocarte en lo que realmente importa. En el post siguiente trataremos cómo delegar tanto en el ámbito familiar como en el profesional.

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