¿Cómo se ha moldeado tu autoestima?

Se estima que un tercio de tu autoestima ha venido «de serie», proviene de tu genética. Esto significa que has nacido con una determinada predisposición para valorarte y afrontar la vida. Los dos tercios restantes han sido moldeado por el factor ambiental: la influencia de tu familia y la educación que recibiste, el ambiente emocional en el que has vivido y tus experiencias vitales.

Las dos etapas con más impacto en la construcción de tu autoestima han sido la infancia y la adolescencia. Cómo viviste emocionalmente las vivencias que experimentaste cuando eras pequeño, especialmente las de tus primeros siete años, y cómo lo hiciste en el periodo de tu adolescencia, han repercutido poderosamente en tu autoestima y personalidad.

Infancia

Si los mensajes que recibiste durante tu infancia eran algo así como «no vales para esto», «tu hermano es mucho mejor que tú», «eres un desastre», «cómo te conformas con un notable pudiendo haber sacado un sobresaliente», «no haces nada bien», y te los repetían una y otra vez, al final acabaste creyéndotelos. Si además eras castigado cada vez que no cumplías con las expectativas de tus padres y educadores, estos mensajes se reforzaron en tu mente.  Durante esos primeros siete años tu cerebro era como un libro en blanco que absorbía toda la información sin aplicar ningún tipo de filtro y se iba instalando como si fueran programas informáticos, tu software, la programación para manejarte en la vida. Al final, esos mensajes negativos terminaron convirtiéndose en creencias limitantes como «no soy capaz», «no valgo nada», «soy débil», «no soy importante». ¿Recuerdas cómo se formaban las creencias? El proceso seguido para la evolución de tu autoestima es el mismo que describimos para ellas.

Todavía llevas dentro de ti a ese niño, forma parte de lo que eres. En ocasiones te comportas como el niño que eras, muchas de tus conductas responden a ese estado de conciencia, a las emociones que sentías y cómo interpretabas la vida. Si consigues escuchar lo que quiere decirte, aunque a veces duela, y darle reconocimiento, el niño se sentirá cómodo y seguro dentro de ti y se integrará de manera sana en tu «yo». Si le rechazas o ignoras sus necesidades, entrarás en un constante conflicto contigo mismo.

Al no reconocer y comprender a tu niño, al abandonarlo, porque los recuerdos que tienes de él son dolorosos, te provocan sentimientos de rabia, humillación, miedo y abandono, entre otros, estás rechazando a esa parte de ti, una que ocupa una parcela de tu psique, lo que resulta en una fuente de desasosiego, de angustia, que dificulta la maduración de tu autoestima.

La consecuencia es que, cuando llegas a adulto con esta mochila de miedos y creencias, bien adoptas el papel de víctima, bien tratas de compensarlo esforzándote por tratar de que no se note que no vales, que no puedes, y poniéndote máscaras que muestren la imagen que quieres que se vea de ti. Otras secuelas no menos importantes son que no disfrutas de lo que has conseguido porque crees que nunca eres lo suficientemente bueno, porque que podrías haberlo hecho mejor; que eres un «impostor» porque piensas que otras personas creen que eres algo que realmente no eres. Manifiestas conductas infantiles, mantienes relaciones personales de dependencia, desarrollas una personalidad narcisista o caes en el autorrechazo; crees que el rechazo procede del exterior, de otras personas, cuando en realidad la raíz del mismo es interna.

Por el contrario, si reconoces a «tu niño», le aceptas y le perdonas por lo que crees que hizo mal porque no sabía hacerlo mejor o no era capaz de afrontarlo, le estás integrando en tu vida. Dejas de estar en guerra con una parte de ti y obtienes todo aquello que puede ofrecerte: espontaneidad, una imaginación desbordante, ilusión, diversión…

La manera de relacionarte con tu niño interior, de una forma hostil e implacable o benevolente y compasiva, influye, como hemos visto, poderosamente en tu autoestima. En el último post haremos un ejercicio práctico para relacionarte con tu niño interior y tu adolescente.

Adolescencia

La adolescencia es la segunda etapa de tu vida que más influye en tu autoestima, tal y como apuntábamos antes. La necesidad de pertenencia a tu «tribu», a vivir de acuerdo a las normas establecidas en el grupo: cómo vestir, cómo hablar, la apariencia física; te impulsan a compararte constantemente con los demás para no sentirte inadecuado o directamente rechazado, lo que genera mucha inseguridad. Te comparas con los de tu grupo para adoptar esas conductas y con los que no pertenecen al mismo para desecharlas. La presión del entorno es tremenda, es fundamental lo que crees que piensan de ti los otros miembros del grupo. Como adolescente, vives un periodo caracterizado por la confusión. Todavía no está completamente formada tu personalidad ni tu sentido de identidad, no tienes claro quién eres ni lo qué quieres hacer con tu vida y, por si fuera poco, en medio de esa tormenta emocional y hormonal tienes que empezar a tomar decisiones importantes para tu futuro, como a qué te vas a dedicar profesionalmente y cómo formarte para ello. A esto le pueden acompañar situaciones traumáticas, como el acoso escolar o un profundo y desgarrador sentimiento de rechazo ante una ruptura sentimental.

Con la extrema sensibilidad e inseguridad con la que vivimos esta etapa de nuestra vida, no es de extrañar que malas experiencias tengan un impacto demoledor: desórdenes alimenticios como la bulimia o la anorexia, el consumo de drogas, crisis de angustia y existenciales, sentimiento de soledad y aislamiento, depresión, incluso cometer actos delictivos y, en casos extremos, el suicidio. Las conclusiones del estudio de la ONG Save the Children, Crecer saludablemente, publicado en diciembre de 2021, muestran que un 3 % de niños, niñas y adolescentes tuvieron pensamientos suicidas durante el año anterior y que, después de los tumores, el suicidio es la principal causa de muerte entre los jóvenes de entre 15 y 29 años.

Al igual que sucede con tu niño, también está presente en tu «yo» adulto ese adolescente que fuiste. De la misma manera que puedes rechazar o integrar al niño, puedes ignorar o reconocer al adolescente. Si consigues que forme parte de ti, te proporcionará energía, idealismo, ambición y demás cualidades positivas de ese periodo de tu vida. Por el contrario, si no lo integras, crearás una fisura en tu Ser, puedes caer en el autosabotaje, mostrarte inseguro en tus relaciones de pareja, actuar con falta de juicio, caer en la dependencia emocional, o rebelarte contra aquel en quien proyectes tu figura paternal, como tu jefe, por ejemplo.

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